Fue por no caer que alcé los ojos.
No hacia el cielo, sino hacia el último escaño suspendido en el aire, donde todavía creía que tu abrazo podía sostenerme. La templanza me habitaba como un resto de fe, una fuerza que ya no sabía si era mía o del eco de tu recuerdo.
Bajo mis manos, los muros del tiempo estaban cuarteados. No eran piedra, sino un tejido hecho de segundos petrificados. Cada grieta respiraba una historia inconclusa, un latido detenido. El mundo se mantenía en pie solo por la obstinación de no aceptar su propia caída.
Entonces, la realidad se quebró.
Los relojes comenzaron a flotar.
No marcaban las horas: las derramaban.
Miles de esferas de cristal y metal giraban sobre un desierto de flores encendidas. Aquellas flores ardían con un fuego verde, como si el tiempo mismo hubiese prendido en sus pétalos. Y todo olía a una belleza venenosa, a un sortilegio que deslumbraba y devoraba.
Entendí, al fin, que no era yo quien se desmoronaba: era la estructura del tiempo.
El “escaño” que buscaba ascender no existía; era un reflejo suspendido sobre la ruina del propósito. Y tu abrazo, aquel refugio de esperanza, no era otra cosa que la memoria de mi propia coherencia, temblando en la distorsión.
La templanza se quebró.
Y con ella, el último artificio de la voluntad.
Ya no quise sostenerme.
Me dejé caer.
Pero la caída no fue hacia abajo: fue hacia adentro.
Atravesé los muros del tiempo, hundiéndome en su textura líquida, y descubrí que la mano que me contenía era la mía.
El mundo no colapsó: simplemente se detuvo.
El reloj más antiguo se apagó, y el silencio se volvió transparente.
El tiempo no era un muro, sino un espejo astillado.
El escaño, una tumba luminosa donde descansaba la esperanza.
Y la única forma de no caer
fue aceptar el flotar entre los relojes muertos.
El abrazo estaba allí, pero no venía del otro:
era el pulso invisible del vacío,
que por fin me reconocía.
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