(Madrid, 2015-2025)
Clara Monfort siempre había sido de esas personas que se vuelven invisibles en cuanto entran en una habitación. No era fea; simplemente no emitía señal. En el máster de Literatura Comparada de la Complutense, mientras las demás planeaban escapadas a Berlín o subían stories desde el bar de la facultad, ella permanecía al fondo con un ejemplar de La tierra de los sauces de Herta Müller abierto sobre las rodillas, marcando frases con post-its de colores que luego olvidaba pegar. Su padre, Emilio, un jubilado de Telefónica viudo desde los noventa, le repetía cada Navidad: «Tú estudia, hija. La cara se te pasa; las palabras se quedan». Algunas tías lo traducían a su manera: «Con esa cara de ratón de biblioteca, más le vale».
En 2015 tenía veintiséis años y corregía manuscritos para una editorial digital de Lavapiés que pagaba tarde y en negro. Vivía en un piso compartido de la calle de la Fe, en un tercero sin ascensor donde la cocina olía siempre a aceite quemado y a la marihuana del compañero de pasillo. Su mesa era una formica naranja de los años setenta, coja de una pata; ahí escribía hasta que las piernas se le dormían y el vecino de abajo golpeaba el techo con una escoba.
Todo cambió un jueves de lluvia en la librería J&J de Malasaña. No la de Espíritu Santo —esa ya era otra cosa—, sino la pequeña y caótica de la calle Atocha que aún olía a café americano y a libros de segunda mano en inglés. Hugo Dalmau estaba en la sección de narrativa hispanoamericana, pasando páginas de un Cortázar con el lomo roto. Barba de tres días mal afeitada, abrigo demasiado caro para el barrio, voz grave que parecía acostumbrada a que la escucharan. Diez años mayor que ella. Crítico en un periódico de tirada nacional, columnista estrella del suplemento cultural, y —como supo después— casado desde hacía once años con una mujer a la que apenas veía. Vivían en pisos distintos del mismo edificio en Chamberí. Un acuerdo civilizado, decían. Una mentira con firma notarial.
Empezaron con cafés los martes. Él le prestaba libros con anotaciones feroces en los márgenes («esto es postureo», «aquí la autora se corre de placer consigo misma»). Ella le devolvía sus originales corregidos con una precisión quirúrgica que lo dejaba mudo. La primera vez que se besaron fue en el portal de la calle de la Fe, bajo un toldo que goteaba. Madrid 2015 olía a crisis, a manifestación permanente y a cerveza barata. Nadie miraba demasiado; o todos miraban y fingían no hacerlo.
La relación se filtró como un virus lento. Primero su hermano Pablo, profesor de Lengua en un instituto de Getafe, le dejó de hablar durante seis meses: «¿Un tío casado, Clara? ¿En serio?». Luego algunas amigas del máster la borraron de los grupos de WhatsApp con el elegante pretexto de «no queremos juzgarte». En la editorial, la directora de corrección —una mujer de cuarenta y tantos que firmaba sus propias novelas con seudónimo— dejó de saludarla.
Fue entonces cuando Clara decidió desaparecer dentro de otro nombre.
C. M. Vera. C de Clara, M de Monfort, Vera porque le gustaba cómo sonaba al decirlo en voz alta, como un secreto que se confiesa y se traga al mismo tiempo. Le explicó a Hugo una noche en el Círculo de Bellas Artes, durante el Festival Eñe de 2015, mientras bebían vino malo en vasos de plástico: «Quiero escribir sin que me miren la cara. Quiero que lean el texto, no la ojera».
Bajo ese nombre empezó publicando reseñas demoledoras. Una de ellas, «Novelitas de domingo: el género que nos quieren vender», se volvió viral en los círculos literarios. Arrasaba con la literatura de consumo que copiaba fórmulas coreanas o americanas sin riesgo, pero defendía con uñas y dientes a Garro, a Lispector y, sobre todo, a Herta Müller, a quien describía como «la única que escribe con los nervios del cuello al descubierto». Alguien en Twitter la llamó «la verdugo elegante». A ella le gustó el apodo.
La editorial pequeña que la corregía le propuso, casi de broma, un libro de relatos. Los márgenes del río salió en 2017 bajo el nombre C. M. Vera. Hablaba de una familia molinera en un pueblo de Teruel que se muere de despoblación, de una mujer que hereda el molino y decide no casarse, no tener hijos, no pedir perdón. La prosa era seca, precisa, con una rabia contenida que recordaba a la Müller pero con acento aragonés. Nadie esperaba que funcionara. Vendió ocho mil ejemplares en tres meses. Una diputada socialista lo citó en el Congreso. La ministra de Cultura apareció en la Feria del Libro con el libro en la foto oficial. Y nadie, absolutamente nadie, sabía que la autora era la correctora flaca de ojeras que seguía viviendo en la calle de la Fe.
Hugo y ella compraron un piso minúsculo en el barrio de las Letras en 2018, cuando por fin llegó el divorcio. Fueron años buenos, casi luminosos: cenas donde todo el mundo hablaba de contratos y festivales, viajes a Lisboa en tren, sexo lento por las mañanas. Clara seguía corrigiendo para otros y escribiendo de noche, siempre en la formica que se trajo de la calle de la Fe «porque me da suerte».
En 2020 Hugo empezó a cansarse de forma extraña. Primero lo achacaron al estrés. Luego vinieron las pruebas. El diagnóstico llegó en junio, disfrazado de palabras técnicas. Murió un 14 de noviembre, en su cama, con la ventana abierta al ruido de la calle Huertas. Clara le sujetaba la mano cuando la respiración se detuvo. Después guardó silencio durante catorce meses. No abrió el ordenador. No tocó la formica.
Cuando volvió a escribir, lo hizo de otra manera. Más oscura. Más desnuda.
Conoció a Daniel en una presentación en La Mistral. Veinticuatro años, bajista en un grupo de post-punk, manos de guitarrista y una risa que parecía no haber conocido nunca el duelo. La diferencia de edad escandalizó a los mismos que antes habían escandalizado con Hugo. Esta vez Clara no se defendió. Simplemente dijo: «Ya he pedido permiso suficiente en esta vida».
En 2023 publicó En mitad del camino, su novela más ambiciosa. Una mujer de cuarenta y tres años regresa al pueblo que la expulsó para descubrir que un fondo de inversión lo está desahuciando entero. Mientras revisa su vida, revisa también los silencios que la construyeron: el padre viudo, el amante casado, la identidad secreta, el cuerpo que envejece. La crítica la recibió con respeto casi reverencial. Mercurio le dedicó la portada: «Clara Monfort escribe para adultos».
Pero los periodistas seguían obsesionados con el misterio del seudónimo. Cuando le preguntaban por C. M. Vera, ella se limitaba a sonreír con esa media sonrisa cansada y respondía siempre lo mismo:
—Porque me gusta cómo suena al decirlo en voz alta.
Hoy, marzo de 2025, Clara tiene treinta y seis años. Sigue viviendo en el piso de las Letras, aunque ahora tiene una mesa de madera de verdad. La formica naranja está en el trastero, envuelta en una manta, como una reliquia. Sobre la mesa nueva hay un cuaderno Moleskine negro, casi lleno. En la primera página, escrito con su letra pequeña y precisa, solo una frase:
«Todo lo que no pude decir mientras él vivía, lo estoy escribiendo ahora. Y duele de otra forma. Más limpia. Más mía.»
Debajo, en letras mayúsculas y subrayado dos veces, el título provisional de lo que será su próxima novela:
El cuaderno de C. M. Vera
Porque al final, Clara Monfort nunca desapareció del todo. Solo aprendió a habitar mejor sus márgenes.
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