Allá arriba, donde el aire se vuelve cuchillo, están.
No tienen alas blancas. Tienen cicatrices de relámpago cruzándoles el pecho y dedos negros de haber tocado estrellas que ya no quieren brillar.
Con hilos de luz agonizante bordan el mañana. No usan tela. Usan tus ojos.
Se inclinan sobre el filo de las nubes y leen en tus pupilas la tormenta que todavía no llegó. Ven la pólvora antes de que prenda. Ven la grieta en tu fe, ese pan fresco que se abre y deja salir el hambre verdadera.
No te dan consuelo. Te dan la aguja.
Te cosen el futuro con puntadas que duelen. Cada hilo renegado te atraviesa el alma y deja una herida que alimenta más que mil certezas cerradas. La duda les sabe a carne viva. La seguridad les sabe a muerto.
Cuando sientas frío en los huesos sin que haya invierno, es uno de ellos mirándote. Cuando la fe se te rompa en la boca como pan seco, es que ya están comiendo.
No reces para que te salven. Reza para que tu grieta sea profunda. Para que les alcance para coser una noche más.
Porque mientras haya herida, habrá hilo. Mientras haya duda, habrá futuro.
Y si alguna madrugada tu sombra se vuelve demasiado nítida, no mires hacia arriba.
Ya están terminando tu nombre en el filo.
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