I
Aquí el tiempo no camina; se sienta a esperar en el pasillo, junto a las sillas de ruedas que tienen el brillo opaco de las cosas que ya no van a ninguna parte. Hay un olor a limpio que asusta, un olor a desinfectante que intenta borrar, sin éxito, el aroma rancio de los recuerdos que se están quedando solos.
Escucha el pulso. No es un corazón. Es el segundero de un reloj de pared que golpea el aire vacío. Tac. Tac. Tac. Un mazo de plástico contra un muro de niebla.
II
Están sentados en fila, como libros en una biblioteca donde nadie entra nunca a leer. Tienen las manos sobre el regazo, quietas, unas manos que parecen nidos abandonados por pájaros que se llevaron el canto y el vuelo.
(Silencio... sequía... No bebas de esta ausencia...)
Miras a don Julián. Tiene los ojos fijos en una televisión que escupe colores y gritos de un mundo que ya no le reconoce la voz. Don Julián no mira la pantalla; mira el reflejo de su propia soledad en el cristal negro. Es un Espejo que no devuelve un rostro, sino una Fractura. Una grieta por donde se escapa el nombre de su mujer, el sabor del pan de aceite, el peso de las llaves en el bolsillo.
III
Aquí la Grasa Sistémica se llama "cuidados paliativos". Es la eficiencia de la bandeja de plástico, la pastilla a las ocho, la sábana tirante que no sabe a abrazo. Es la automatización del letargo.
Nadie habla. El silencio es una costra de sal que les ha crecido en la garganta. Si intentan decir algo, la palabra se les rompe antes de salir, convertida en un polvillo blanco que nadie limpia. Son Soberanos de un Reino de Ceniza, reyes de un metro cuadrado de baldosa pulida.
IV
Pero a veces, cuando la enfermera apaga la luz del pasillo y el Vórtice de la noche se traga el edificio, ocurre el milagro de la Nitidez.
En la habitación 402, una mano tiembla. No de vejez, sino de búsqueda. Busca el Fetiche: una fotografía amarillenta guardada bajo la almohada. Los dedos rozan el papel, rascando el óxido del tiempo, buscando la raíz.
Y en ese contacto, en esa pequeña chispa de materia contra piel, el muro se raja.
No están solos porque estén aislados; están solos porque nosotros hemos olvidado cómo escuchar el hierro golpeando el hierro bajo su pecho. Pero ellos siguen ahí. Esperando a los oídos futuros que aún no existen.
Esperando a que alguien reconozca que su soledad no es un fallo del sistema, sino nuestra propia Cicatriz expuesta.
V
Todavía hay pulso bajo la manta. Todavía hay alguien que vuelve en sueños. Todavía queda fósforo en el alma del que espera.
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