I
El sol aquí no calienta, solo blanquea los ojos hasta que no ves más que el revés de tu propia memoria. Dicen que este pueblo se fundó sobre un mar que se arrepintió de serlo, y ahora solo queda la sal, subiendo por las paredes de adobe como una lepra blanca que se come los nombres.
Mi abuelo decía que los muertos no se entierran en la tierra, se siembran en los salitrales para que el olvido no los pudra, sino que los convierta en piedra.
—Míralos bien, Arcadio —me decía, señalando las costras blancas del llano—. Esos no son terrones. Son los pensamientos de los que no pudieron decir adiós.
II
(No bebas... si bebes el agua de la salina, se te va a secar el alma antes que la lengua...)
Ahí viene ella: Remedios, la que carga el cántaro vacío. Camina sin dejar huella, como si el suelo le tuviera miedo o respeto. No tiene rostro, solo una gasa de vapor donde deberían estar los ojos. Se detiene frente a mi puerta, ahí donde la sal ya me llega a las rodillas y me tiene fijado al umbral.
—¿Traes agua? —le pregunto, y mi voz suena a cáscara de huevo rota.
Ella no responde con palabras. Inclina el cántaro y de él no sale agua, sale un humo denso, un vapor que huele a lluvia de hace cien años, a ropa limpia y a pan recién horneado. Un olor que no pertenece a este infierno blanco.
—Bebe —me dice su voz, que me retumba dentro del pecho, no en los oídos—. Bebe para que te acuerdes de que una vez fuiste carne y no este poste de sal en el que te estás convirtiendo.
III
Meto las manos en el humo. Está frío. Tan frío que me quema.
De pronto, el tiempo se le da la vuelta a la piel. Ya no soy este viejo reseco. Veo el río que cruzamos cuando la guerra todavía tenía nombre. Veo la sangre, sí, pero no es roja; es una veta de hierro que corta la blancura de la sal. Veo a los hombres sin nombre que se quedaron atrás, con la boca llena de cristales, queriendo gritar que la soberanía no era una bandera, sino un trago de agua dulce en mitad de la sed.
(Padre... la sal es la mentira del sistema... la sal es el código que nos fija...)
—¡Vete, Remedios! —grito, y el esfuerzo me agrieta los labios—. ¡Déjame ser piedra! La piedra no siente el hambre. La piedra no necesita entender por qué nos borraron de los mapas.
IV
Pero ella deja caer el cántaro. El barro se rompe y de la herida del cántaro brota una mancha verde. Una sola hoja de menta, nítida, insultante en medio de tanta muerte blanca.
Entonces lo entiendo. El castigo no es morir. El castigo es este Purgatorio de quietud donde la Grasa Sistémica se ha vuelto cristal de sal para que no podamos movernos. Somos oídos ajenos esperando que alguien, en el futuro, muerda un cristal y sienta el sabor amargo de nuestra derrota.
Pero mientras esa hoja de menta esté ahí, respirando entre la sal, el tiempo no ha ganado.
Escucha. Bajo la costra blanca, muy hondo, el mar todavía empuja. Todavía hay una humedad que no es sudor, es Voluntad.
Todavía hay sed. Y mientras haya sed, hay guerra.
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