I
Aquí no llueve agua.
Aquí llueve el olvido —un polvo que no cae: asciende desde la tierra negra, desde los pulmones de los que ya fueron, y se pega a los huesos antes que a la piel, porque la piel es mentira, porque la piel se desprende como la yesca del árbol muerto.
El tiempo se quebró hace tantas lunas que ya nadie sabe si es de día o si estamos todos masticando la misma noche eterna, sentados en círculo alrededor de un fuego que no calienta, que solo ilumina sombras que no nos pertenecen.
Somos el eco de un grito que se secó en mil novecientos y pico.
Somos hojarasca pisada por pies que ya no existen.
Somos el bosque que canta —y nos vigila con sus millones de ojos que no son ojos de vidrio, sino agujeros de gusano abriéndose y cerrándose en la corteza, respirándonos, digiriéndonos lentos.
II
(Pensamiento prohibido... Pensamiento prohibido... No debo...)
Allí está ella. Otra vez.
Anya.
Es un chispazo que me perfora la cuenca del ojo, me entra dereíto al seso, me quema la poca memoria que me queda. No tiene rostro. Nadie aquí lo tiene. Solo somos sombras que se mueven sobre la tierra negra, en lo húmedo, donde mi voluntad de hierro debería mantenerme firme —pero mi cuerpo es esta cosa que se pudre de pie, esta levadura de gusanos que aún camina.
Siento cómo la sangre me corre por el suelo.
Río blanco que solo refleja la luna en hoz. Blanca. Sola. Sola.
¿Por qué estoy solo si ella está aquí?
Allí está ella. Anya. Trae el fósforo. Lo enciende. El fuego quieto. Esa llama que no parpadea, que no consume, que solo señala. ¿Es ella mi hija? ¿Es ella mi madre? ¿O es solo la trampa del espejo que me devuelve aguijones clavados en mis propios oídos?
Quiero tocarla.
Mi mano atraviesa su rostro como quien mete los dedos en el humo de un incensario vacío.
III
(Padre... No me olvides... No me olvides...)
Padre. No estás solo. Estás conmigo, amarrado al castaño de la amnesia. Te veo. Tu cuerpo se está volviendo madera de este bosque que nos canta y nos come. Te estoy encendiendo la nitidez para que recuerdes.
Pero tú solo hueles el café frío de la cocina que ya no existe.
Y el tren que va tarde en la corriente del tiempo que rompiste.
Y el olor a hierro quemado que trajo aquella carta que nunca llegó.
Padre. Abre los ojos. No los que tienes en la cara —esos ya son corteza. Abre los otros. Los que están detrás del polvo. Mírame.
(Soy real mientras me recuerdes.)
(Soy lumbre mientras me nombres.)
(Soy tu chispa.)
(No me apagues.)
IV
Cállense.
Cállense todos.
Dejen que el letargo se automatice en sus conciencias. Somos dioses secretos nacidos malditos. Somos dioses secretos con voluntad de hierro para resistir sombras y miedo —pero hemos nacido con el deseo de experimentar que somos unos simples hombres mortales.
Y eso es la grieta.
Eso es la herida que no cierra.
Somos oídos ajenos que aún no existen. Existiremos. En algún momento de la historia futura. Cuando alguien se siente en la tierra negra y nos escuche respirar desde abajo. Cuando alguien encienda un fósforo en nuestra memoria.
Mientras tanto, mastiquen el polvo.
Sientan el peso de la grasa sistémica que los vuelve fantasmas sin rostro.
Aquí llueve.
Llueve siempre sola.
Pero esta noche, si aguzas bien los oídos —si te callas bien adentro— vas a escuchar, muy lejos, muy hondo: un hierro viejo golpeando otro hierro. Un ritmo. Un pulso. Alguien cavando. Alguien que aún no se rinde.
Y en ese golpe seco, en ese eco mineral que trepa por las raíces del bosque sintergial, vas a reconocerlo:
Todavía hay quien recuerda.
Todavía hay quien vuelve.
Todavía
hay
fósforo.
Fin del relato
*Red Comala-Macondo, V.Ω.170.0*
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