✴️ Capítulo II
Un Niño Inocente
Donde la infancia no es un tiempo, sino un umbral
En la casa de las grietas vivía Roberto,
un niño de ojos tan grandes que el mundo cabía en ellos sin romperse.
Su casa, al final de la calle del Silencio, era más que un hogar:
era un eco de lo que alguna vez se quiso decir y nunca se dijo del todo.
Las paredes —agrietadas, tibias, suaves como rezos gastados—
no lo protegían del mundo: lo enseñaban a respirarlo.
🕯️ Los padres que eran elementos
Consuelo, su madre, amasaba el pan con manos que sabían consolar sin tocar.
—El pan es oración que se come, decía,
y cada cruz trazada sobre la masa era una promesa en voz baja.
Ella tenía una tos antigua, como si guardara en los pulmones palabras no pronunciadas.
Ernesto, el padre, volvía cada tarde con el cuerpo lleno de tierra y la mirada llena de cielo.
No hablaba mucho.
Pero su abrazo olía a campo recién abierto y a secretos bien guardados.
Roberto se dormía a veces con las manos del padre aún en su nuca, como si lo arropara la raíz de un árbol.
🧑🏫 La escuela como umbral y espejo
El colegio era una casa vieja donde el tiempo se sentaba al fondo de la clase.
Olía a madera que recuerda, a papel que tiembla.
Lucía, la niña del cabello desordenado, le ofreció una hoja doblada.
—Un barco de papel, dijo,
para cruzar lo que no tiene orilla.
Roberto la miró como se mira algo que no se comprende pero se intuye necesario.
Lucía no se quedaba quieta, y sin embargo, cuando lo miraba, el mundo dejaba de moverse.
Doña Carmen, la maestra, llevaba tiza en los dedos y cicatrices en los ojos.
Su voz era firme, pero su alma tenía huecos que solo los niños sabían ver.
Les decía:
—No escriban fuera de la línea,
pero ella misma se salía de la nostalgia cada vez que los observaba jugar.
⛪ La iglesia sin nombre
En el centro del pueblo, la iglesia dormía con los ojos abiertos.
Su puerta de madera crujía como un hueso antiguo.
Allí, Don Mateo, el cura de sonrisa rota, le dijo una vez:
—Hasta Dios fue niño, Roberto. Y también tuvo miedo.
El niño, sin saber por qué, se tocó el pecho.
Allí no había herida…
pero sintió algo moverse,
como si una mariposa negra se desperezara entre sus costillas.
🐾 Tizón y el pacto invisible
Una tarde, Tizón, el gato negro de ojos carbón, apareció en el umbral.
Nadie sabía de dónde venía.
Pero desde el primer momento, Roberto supo que lo reconocía.
—Tú eres como yo, le dijo.
No tienes nombre… solo función.
Desde entonces, Tizón lo acompañó en todo:
cuando soñaba con Lucía,
cuando escuchaba susurros en la noche,
cuando descubrió que algunas lágrimas no bajan por la cara…
sino por dentro.
🌀 Los sueños con la abuela
En las madrugadas de luna rota,
Roberto veía a su abuela Carmen sentada en su vieja mecedora,
tejiendo con hilo que no existía.
—¿Qué haces, abuela?
—Estoy cerrando tus miedos, hijo.
—¿Y por qué usas un hilo invisible?
—Porque los miedos que más duelen… no se ven.
Él se despertaba entonces con el corazón templado,
como si alguien le hubiera tejido un abrigo desde el otro lado.
🦋 El río seco y la mariposa atrapada
Un día, al borde del río que no tenía agua ni nombre,
Roberto vio una mariposa azul atrapada en una telaraña.
Sus alas temblaban como una súplica.
La liberó con dedos de cristal, temiendo romper algo sagrado.
Cuando la mariposa voló,
una brizna de polvo luminoso quedó sobre su mano.
No supo si era magia.
O si solo el mundo, por un instante,
le había dicho gracias.
🕊️ El amor como ausencia que guía
Lucía partió sin fecha.
Solo dijo:
—Cuando veas una estrella que tiembla… estaré pensándote.
Roberto no lloró.
Guardó una piedra lisa en su caja.
Y cada noche, desde el tejado, la acariciaba mientras miraba el cielo.
—No pido que regreses, murmuraba,
sólo que no te apagues del todo.
🌌 Epílogo: El niño que no olvidó soñar
Roberto siguió creciendo,
pero no dejó de ser niño.
No por miedo.
Sino por lealtad.
Lealtad a la mariposa.
A la tos de su madre.
Al pan con cruz.
Al barco de papel.
A Lucía.
A Tizón.
A la calle del Silencio.
A Valdeolivo.
Porque en este pueblo, como en algunos corazones,
el tiempo no avanza.
Se amasa.
Y se ofrece.
Como pan caliente.
A quien aún sabe recordar.
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