✴️ Capítulo XIV
La Fiesta de las Sombras
Cuando la noche viste sus mejores ropas y el pueblo se convierte en puente
Cada año, cuando la luna llena coronaba el cielo de Valdeolivo,
el pueblo se preparaba para la Fiesta de las Sombras.
No era una celebración cualquiera, sino un rito antiguo,
un encuentro sagrado donde las fronteras entre mundos se desdibujaban.
La plaza se iluminaba con velas que flotaban en faroles de cristal,
y los aldeanos vestían mantos oscuros bordados con hilos de plata,
simbolizando la noche y sus misterios.
🔥 El encendido del fuego eterno
El ritual comenzaba cuando Don Mateo, con voz profunda y ritual,
encendía el fuego en el centro de la plaza.
Las llamas danzaban, reflejando las sombras que se extendían por las paredes,
como si la noche misma cobrara vida.
Roberto, ahora joven y con el cuaderno siempre a su lado,
sentía en el pecho la mezcla de temor y asombro que solo la magia verdadera despierta.
🌫️ Las figuras que emergen
A medida que la noche avanzaba, figuras vestidas con máscaras de barro y encajes
comenzaban a recorrer las calles, representando a los antiguos habitantes,
a los que habían partido y a los que aún aguardaban.
Lucía apareció entre ellos, o al menos su figura etérea,
una sombra que bailaba entre luces y ecos.
Roberto la siguió con la mirada, entendiendo que ella era la guardiana del rito.
🕯️ Los murmullos del pasado
Mientras la música ancestral llenaba el aire,
los aldeanos susurraban historias, secretos, nombres olvidados.
Era como si las voces del tiempo estuvieran presentes,
tejiendo un manto invisible que protegía a todos.
Tizón se movía entre las piernas de los asistentes,
su ronroneo se mezclaba con los cantos,
como el latido oculto de la noche.
🌙 El pacto renovado
En el momento culminante, Don Hilario, con la voz quebrada por los años,
alzaba la semilla que Ernesto había plantado años atrás.
—Esta semilla es vida y muerte, —decía—
es la memoria que plantamos para no olvidar quiénes somos.
Roberto sintió que algo en su interior se iluminaba.
La Fiesta de las Sombras no era solo un recuerdo,
sino una promesa:
la de seguir entrelazados, sin importar el tiempo ni la distancia.
🌟 Epílogo: La danza eterna
Cuando el último farol se apagó y la plaza quedó en silencio,
Roberto miró las estrellas y supo que la noche continuaría danzando,
que las sombras seguirían hablando,
y que él, con su cuaderno y su alma abierta,
sería parte de esa historia que nunca termina.
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