TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

jueves, 17 de julio de 2025

“El eco no se muere”

 


ACTO I: El lugar donde todo empezó

Dicen que La Loma Seca no aparece en los mapas porque nunca quiso ser encontrada.
Era un caserío de casas reventadas por el sol, de gallinas flacas que picoteaban la sombra, de cardones que parecían vigías de otro tiempo.
El viento allí no soplaba: suspiraba. Y cada suspiro arrastraba el nombre de alguien que ya no estaba.

Yo, que me crié entre esas paredes agrietadas, sé que los muros escuchan.
Y juro que escuché.
Las piedras murmuraban por las noches y el pozo viejo, al fondo del corral, devolvía reflejos que no eran míos.

Todos en el pueblo hablaban de Don Silviano, aunque hacía más de veinte años que se lo había tragado la tierra.
No había cuerpo, ni tumba, ni lágrimas suficientes para él.
Solo una mecedora vacía en el portal de la casa grande, que todavía crujía por las tardes como si alguien se sentara.

ACTO II: Lo que aún respira

Empezó con los animales.
Un burro se quedó mirando fijo al árbol seco del camino, como si viera brotar algo que nosotros no.
Un perro viejo se negó a pasar frente a la casa de Don Silviano y aulló tres noches seguidas.

Y luego los objetos:
La lámpara del corredor oscilaba sin viento.
Las cucharas caían al suelo a la misma hora, justo cuando el sol se quebraba en los cerros.
Un gallo cantó a medianoche. Tres veces.

Fue entonces cuando la tía Cirila me confesó lo que nadie decía:
Don Silviano había hecho una promesa a la tierra.
Que no partiría hasta que le devolviera algo que solo ella sabía dónde había enterrado.
Algunos decían que era un amor. Otros, una culpa.

Pero lo cierto es que, desde aquella noche, el árbol del patio empezó a sangrar.
Un líquido espeso, oscuro, bajaba por su tronco como si recordara algo.
Y en el aljibe, si uno miraba hondo, podía ver no el fondo, sino una espalda hundiéndose.

ACTO III: El retorno sin retorno

La mecedora no volvió a crujir.
Esta vez, se quebró sola.
Y al amanecer, en el polvo frente a la casa, aparecieron huellas descalzas que no llevaban a ningún lado.

Don Silviano —o lo que quedaba de él— regresó.
No con cuerpo, no con palabra.
Pero se sintió. En los pasos que resonaban sin nadie. En la risa seca de los árboles cuando no soplaba viento.
Y en ese instante que no tiene hora, cuando los gallos no cantan y los relojes se confunden, algo tocó la puerta de la tía Cirila.

Ella no abrió.
Pero a la mañana siguiente, la mecedora estaba reparada.
Y el pozo, seco.

Desde entonces, las sombras en La Loma Seca caminan solas.
Y el eco, como dije, el eco no se muere.

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