El polvo se alza del camino, danzando como un susurro que no sabe a dónde ir. No es solo tierra; es el peso de los pasos que olvidamos, los nombres que dejamos caer. En la penumbra, una puerta vieja gime, pero nadie la cruza: es la sombra de una promesa que aún espera ser tocada. Hay una voz quebrada en el aire, no la mía, no la tuya, sino la de alguien que amamos y perdimos, susurrando desde un lugar que no vemos.
Y entonces, el polvo se vuelve raíz, enraizando en el pecho, donde el corazón late como un cántaro seco. Ya no guarda agua, pero resuena con ecos de lo que fuimos, de lo que aún podemos ser. En ese trance, la puerta se astilla, no para cerrarse, sino para abrirse al viento, que lleva consigo la libertad de soltar. El silencio cae, pero no es vacío: es un lienzo invisible donde pintamos lo que aún no nombramos.
Líderes, humanos: ¿qué promesas rotas guardas en tu cántaro seco? En un mundo que corre, pausemos para escuchar los ecos de lo que amamos, de lo que perdimos, de lo que podemos sanar. Comparte una palabra, un recuerdo, una esperanza. Juntos, hagamos que el polvo dance hacia la luz.
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