TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

martes, 15 de julio de 2025

✴️ Capítulo IV Roberto y la Vida que Soñaba con Lucía

 

✴️ Capítulo IV

Roberto y la Vida que Soñaba con Lucía

Donde el amor no se toca, pero sostiene

Tras la partida de Lucía, Roberto no supo si era niño o ya un fragmento de sombra.
El pueblo seguía igual:
la calle del Silencio crujía al paso,
la casa de las grietas olía a pan y a polvo antiguo,
y Tizón, el gato, aparecía en los momentos precisos.
Pero algo —algo diminuto y enorme— había cambiado:
el mundo ahora tenía un hueco con forma de barquito de papel.


🕯️ Rutina como altar

Roberto empezó a caminar distinto.
No por tristeza, sino por fidelidad al recuerdo.
Se detenía más ante los almendros, escuchaba los pozos, hablaba con los insectos.
Cada gesto era una plegaria muda.
Cada sombra tenía una raíz que descendía al alma.

Guardaba objetos:

  • Un trozo de tela con olor a sol.

  • Una piedrecita que Lucía pateó una vez sin mirar.

  • Una flor seca entre páginas de un cuaderno sin palabras.

No sabía por qué, pero sentía que debía conservar esas cosas.
Como si un día, Lucía las necesitara para volver a encontrarlo.


📖 El cuaderno del medio decir

Roberto comenzó un cuaderno que no mostraba a nadie.
Solo escribía frases inconexas, preguntas que no esperaba responder:

“¿Si cierro los ojos y digo su nombre, será como tocarle el pelo?”

“¿Dónde van los abrazos que no se dan?”

“¿Puede el tiempo tener frío?”

Tizón se acostaba encima del cuaderno cuando Roberto dudaba demasiado.
Entonces él lo acariciaba, y el ronroneo le devolvía una especie de compás interior.


Techo de estrellas, misa de nadie

En las noches sin luna, Roberto subía al tejado.
No rezaba.
Pero nombraba.
Como si al decir los nombres en voz baja, los trajera un poco de vuelta:

—Lucía.
—Abuela.
—Hilario.
—Mamá.
—Miedo.
—Esperanza.
—Silencio.

Tizón, siempre cerca, se enroscaba en sus pies.
Y las estrellas, con su parpadeo, respondían:
“Te escuchamos.”


🌀 Sueños líquidos

A veces, soñaba con el río.
No el seco. No el que conocía.
Sino uno nuevo, que solo existía en los sueños.

Lucía estaba allí.
No hablaba, pero lo miraba con una tristeza luminosa.
Le mostraba objetos:
un pan con cruz,
un barco sin pliegue,
una mariposa dormida.
Y al final, le extendía un espejo.

Roberto se miraba.
Pero no veía su rostro.
Solo agua.
Y dentro del agua, su alma aún con forma de niño.


🪶 El encuentro con Don Mateo

Una tarde sin tiempo, se cruzó con Don Mateo, el cura.
Este ya no predicaba.
Solo recogía piedras junto al camino,
como si supiera que un día alguien querría recordar dónde estuvo el amor.

¿Y tú, qué haces?, preguntó Roberto.

Recojo lo que el olvido va dejando, respondió el viejo.
Y luego, bajando la voz:
Tu amor por Lucía… no es ausencia. Es semilla.

Roberto no entendió del todo, pero al volver a casa,
plantó una de sus piedras bajo el almendro.
Y soñó esa noche con raíces que hablaban.


🌌 Una carta no escrita, pero leída

Un día, al abrir su cuaderno, encontró una página escrita con una letra que no era la suya:

“Roberto:
yo también me siento río.
A veces seco, a veces imposible.
Pero tú eres la orilla donde me volvería a quedar.
No te olvides de recordarme sin dolor.

Lucía.”

No supo si lo había soñado.
O si alguien, o algo, se había atrevido a responder su espera.


🕊️ Epílogo: El amor como raíz viva

Desde entonces, Roberto no esperó más a Lucía como quien aguarda el tren,
sino como quien cuida una semilla bajo la tierra, sabiendo que florecerá en su propia forma.

Seguía escribiendo.
Pero ya no por dolor.
Sino porque comprendió que la palabra escrita era una forma de quedarse.
De acompañar.
De respirar con otro corazón.

Lucía, ausente, se volvió presencia.
Tizón, eterno.
Y Valdeolivo, cada vez más real,
más onírico,
más nuestro.

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