✴️ Capítulo XIII
Tizón, el Guardián de Umbrales
Entre la sombra y la luz, donde el tiempo se disuelve
Desde que llegó a Valdeolivo,
Tizón no fue un gato común.
Sus ojos, dos carbones que reflejaban estrellas muertas,
parecían conocer secretos que los humanos no podían imaginar.
No solo caminaba entre las calles;
se deslizaba entre los pliegues del tiempo,
entre lo que fue y lo que podría ser.
🐾 Los pasos que no hacen ruido
Los habitantes del pueblo decían que cuando Tizón aparecía,
era porque algo estaba a punto de cambiar.
Una puerta que se abriría,
un recuerdo que volvería,
un sueño que empezaría a hacerse real.
Sus pasos eran silenciosos, casi etéreos,
y parecía que solo él sabía el camino entre mundos.
Roberto recordaba cómo, cuando niño,
lo veía desaparecer tras la vieja herrería,
solo para reaparecer momentos después en la plaza,
como si el espacio fuera una piel fina que él atravesaba sin esfuerzo.
🌒 El vínculo con Lucía
Tizón y Lucía compartían un secreto invisible.
Cuando Lucía partió, el gato quedó como un testigo y protector de su memoria.
Cada noche, se tumbaba junto al cuaderno de Roberto,
ronroneando un canto antiguo,
una melodía sin palabras que parecía sanar heridas y abrir puertas.
En las noches más oscuras, Roberto juraba escuchar
un suspiro felino que se confundía con el viento,
como si Tizón susurrara historias que solo él podía entender.
🔮 El guardián de sueños
Don Hilario una vez dijo que Tizón era el guardián de los umbrales,
y que su ronroneo tenía el poder de calmar no solo cuerpos,
sino también espíritus inquietos.
—Cuando la realidad duele, —decía—,
él es el puente que lleva a los que sufren al otro lado,
donde la pena se vuelve comprensión.
Roberto, en sus sueños, veía a Tizón cruzar puentes de luz y sombra,
guiando a figuras que se desvanecían en la neblina,
y regresando siempre, fiel, para sentarse en su regazo.
🌟 Epílogo: La eternidad en un ronroneo
Tizón no tiene prisa.
No conoce la urgencia del tiempo humano.
Para él, cada instante es un portal.
Cada silencio, un eco.
Y mientras Valdeolivo sigue su curso,
entre susurros y secretos,
Tizón permanece,
un guardián eterno
de lo que no se ve,
pero se siente.
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