Lombardini se detuvo frente a lo que parecía ser el epicentro de la espiral, un punto donde la negrura dejaba de ser color para convertirse en una vibración que sacudía los dientes. Bajo el brazo, el paquete que había rescatado de la tintorería parecía emitir un pulso rítmico, una suerte de latido mineral. Con un movimiento seco, rompió el envoltorio de papel encerado. No había joyas, ni documentos, ni reliquias. Lo que surgió de las sombras fue un espejo circular, pero un espejo que no reflejaba nuestra imagen, sino el revés de nuestras intenciones.
—Mire con cuidado —sentenció Lombardini, cuya voz ahora resonaba con la gravedad de un oráculo—. En este cristal, el tiempo no es una flecha, sino un laberinto que se recorre simultáneamente. Aquí está el "negocio" que le prometí: la posibilidad de comprar su propia ausencia.
Me asomé al vidrio. En lugar de mi rostro, vi las calles de Tinajo antes de que la tormenta las borrara, pero también las vi en un futuro donde el basalto se habría convertido en polvo estelar. Comprendí que el paquete no contenía un objeto, sino un fragmento de eternidad capturada. El "abrigo" que me había instado a tomar de la tintorería empezó a pesar sobre mis hombros de una manera distinta; ya no era lana y costuras, sino el peso de todos los hombres que lo habían vestido antes, una herencia de cansancios y memorias ajenas que ahora me protegían de la disolución total.
—Este lugar es el Aleph de los despojos —continuó Lombardini, señalando con sus flores carbonizadas el abismo que se abría a nuestros pies—. Aquí vienen a parar las plegarias que nadie escuchó, los contratos que nunca se firmaron y los besos que se quedaron en la intención. Es una bitácora de lo no nacido. Si usted es lo suficientemente hombre, o lo suficientemente sombra, podrá reclamar una de estas realidades para sí.
El aire, antes irrespirable, se volvió de pronto de una pureza hiriente. Las cruces que vagaban por las callejuelas se detuvieron y empezaron a hundirse en la tierra, como si hubieran encontrado por fin su destino. Lombardini me ofreció el espejo. Al tocarlo, sentí un escalofrío que me borró el nombre. No hubo palabras de agradecimiento; recordé su advertencia sobre la insolvencia de la cortesía. Me limité a sostener el cristal mientras él se encendía un último cigarrillo, cuya brasa era el único punto de luz real en medio de aquella arquitectura de nudos.
Al amanecer, me encontré solo en la plaza de Tinajo. Lombardini se había desvanecido junto con la negrura y los ramos de flores. Mi abrigo, aquel que no me quité en toda la noche, también había desaparecido, dejando mi piel expuesta al primer sol de la mañana. Pero al mirar mis manos, noté que ya no eran las mismas; tenían la solidez de quien ha cruzado el umbral y ha regresado con el secreto de que la nada, en efecto, es el material del que está hecho todo lo demás.
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