TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

jueves, 15 de enero de 2026

Tengo un mapa de los Andes en el pasillo

 I. Tengo un mapa de los Andes en el pasillo, un papel que ha empezado a amarillear por los bordes. Lo miro mientras espero que hierva el agua para el té. Humboldt creía que podía medir la soledad de una cumbre con un barómetro, pero ¿qué pesa más: el aire a seis mil metros o la mirada del que observa desde abajo, a salvo? La distancia es una forma de decoro. Nos permite otorgar una grandeza a las cosas simplemente porque no podemos tocarlas. El cristal de mi ventana está ligeramente empañado; la silueta de las colinas de Peterborough es hoy una mancha gris, una indistinción que me resulta cómoda. ¿No es la belleza, a menudo, una falta de resolución en nuestra lente?

II. ¿Es la montaña un objeto o un límite? Homero sentó a sus dioses en el Olimpo, lejos del barro y de las deudas. Virgilio deambuló por Etruria buscando una Arcadia que ya era vieja. Nosotros hacemos lo mismo: interpretamos las alusiones de los viajeros para no tener que mirar el polvo de nuestras propias alfombras. Hay una elegancia en el silencio que rodea a los picos altos, un "silencio tumultuoso" que solo es posible cuando no hay nadie gritando cerca de ti. El silencio, después de todo, es un bien de lujo. Se compra con metros cuadrados y con muros de carga. En las ciudades, el silencio se mide por la distancia que nos separa del tráfico o del vecino; en el texto, el silencio es una propiedad de la altura, una frontera que protege la "grandeza" de la contaminación de lo cotidiano.

III. Humboldt midió Tenerife y los Andes como quien mide una flota que navega a través de la historia. Pero una flota sugiere movimiento, comercio, guerra. Las montañas se mantienen firmes mientras nosotros nos desplazamos con nuestra ansiedad a cuestas. Nos sincera estar de pie sobre los peñascos, dice el poeta, pero ¿cuánta sinceridad cabe en un cuerpo que ha pagado una entrada para el parque nacional? El privilegio de la "fuerza fronteriza" es el privilegio de decidir qué queda dentro y qué queda fuera de nuestro horizonte. Poseer la vista es, en muchos sentidos, una forma sutil de propiedad privada. Miramos lo remoto y lo llamamos "nuestro horizonte", apropiándonos de la luz que rebota en rocas que nunca pisaremos.

IV. En invierno, el frío es una textura que llega a través del cristal. En verano, el calor es una neblina que borra las cimas. ¿Qué buscamos en esa tenue silueta? Quizás una cuna que no nos pertenezca, un origen que no esté manchado por nuestras decisiones diarias. Si la montaña es una cuna para los arroyos, nosotros somos los recolectores que esperamos al final del cauce, con nuestras jarras limpias y nuestra extraña sed de eternidad. Al final, nos queda la fricción entre el peñasco y el pie, entre el mapa y el territorio. ¿Es posible admirar el horizonte sin desear, en secreto, que el horizonte nos reconozca como sus dueños?

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