Dentro de esta habitación interior, el reloj ha perdido su tiranía. Me observo y, al mismo tiempo, soy observado. En un rincón, aquel adolescente de pasos rectos y mirada fija en los volúmenes de la Enciclopedia sigue trazando mapas, tratando de contener el universo en la palma de su mano. No se ha ido. Su necesidad de orden es la raíz que sostiene mi vuelo de hoy.
Frente a él, el hombre que ahora soy ha dejado caer la regla y el compás. He aprendido que la verdadera maestría no consiste en dominar el camino, sino en dejarse habitar por él. Lo que antes llamaba "perder el control" ahora lo reconozco como una entrega sagrada: la confianza de quien sabe que el vacío es, en realidad, un abrazo.
El Diálogo de los Reflejos
La memoria de aquella rectitud militar se entrelaza con el presentimiento de lo que todavía no nace. Es una danza extraña y perfecta: el joven le presta su estructura al hombre, y el hombre le presta su asombro al joven. Los libros de Voltaire permanecen abiertos, pero ahora sus páginas son transparentes; a través de ellas puedo ver el bosque, la noche y la luz que no necesita explicación.
Todo ocurre ahora. La línea no se borra, se curva hasta abrazar el caos. El orden no se pierde, se expande hasta volverse infinito. La noche que me fue dispensada como un regalo de incertidumbre convive con esa claridad serena que nace de aceptar que no necesitamos todas las respuestas para ser parte de la verdad.
La Unidad Habitada
Soy el que mide y el que sueña. Soy la piedra sólida y el agua que la moldea. En este instante de superposición, la vida no es algo que pasó o algo que vendrá, sino una presencia total que late con la fuerza de todos mis tiempos reunidos.
He dejado de intentar ser uno solo para permitirme ser todos los que habitan en mí. Y en esa multitud interna, encuentro por fin la paz de lo que es completo.
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