Se dice que en las tierras calcinadas de Tinajo, donde el basalto parece recordar el primer día de la creación, el tiempo no transcurre: se amontona. Fue allí, bajo la luz declinante de una tarde que se negaba a morir, donde Juan Lombardini se me apareció cargando unos ramos de flores cuyo aroma, extrañamente floral y metálico, parecía provenir de un jardín inexistente.
—Es una testificación y un aviso para navegantes —declaró Lombardini, con esa entonación de quien dicta leyes en un país de sombras.
Me instruía con la displicencia de quien entrega un tesoro a quien sabe que no podrá gastarlo. Hablaba de lo que él mismo había considerado, hasta ese instante, como la nada: una causa perdida entre legajos administrativos y desavenencias conyugales que el olvido ya había reclamado.
—Voy a hacerte el favor de tu vida —sentenció.
Lo dijo con un descaro y una petulancia que me arrugaron el ánimo. Sentí que mi espíritu se encogía bajo el abrigo pesado que me protegía del frío atlántico; aquel abrigo que, por una de esas distracciones del azar que Borges atribuiría a la divinidad, no me quité en toda la noche y que, sin embargo, a la mañana siguiente habría de desvanecerse de la realidad sin dejar rastro, como si nunca hubiera sido tejido.
—Voy a llevarte a donde nadie en Tinajo ha ido jamás —prosiguió, mientras el humo de su cigarrillo dibujaba laberintos efímeros entre nosotros—. Un lugar que no por sagrado es menos profano, y no por misterioso es menos reluciente. Una bitácora para el ocultamiento y los negocios de naturaleza paranormal. Acaso allí, entre los espejos de la sombra, te hagas un hombre de una vez por todas.
Asentí, ya menos apocado pero todavía bajo el asombro de su oferta. Lombardini me incitó a sentarme a su lado con un gesto imperioso. Mientras volvían a llenarnos las copas con un vino denso como la sangre de la tierra y le traían una nueva cajetilla de tabaco, me percaté de una anomalía que mi percepción había pasado por alto: la cafetería estaba desierta. No solo las mesas vecinas; la plaza misma, visible tras el ventanal, era una vasta extensión de piedra vacía. En Tinajo no se veía ni un alma, como si el pueblo entero hubiera sido borrado por un decreto del silencio.
—Vea usted —dijo Lombardini, expulsando una bocanada de humo que pareció velar mi propia imagen en el cristal—. El mundo es una serie de actos que se justifican por su repetición. Pero lo que voy a mostrarle es el acto único, el nodo donde la materia y el sueño se confunden.
Entendí entonces que Lombardini no era un guía, sino un cartógrafo de lo invisible. El lugar al que nos dirigíamos no figuraba en los mapas de la geografía, sino en las grietas de la historia. Salimos a la plaza y el viento de Lanzarote, ese viejo escultor de lava, nos recibió con un murmullo que no era de aire, sino de voces antiguas. Lombardini caminaba con paso firme, las flores en su mano marchitándose y floreciendo en ciclos de un segundo, mientras yo lo seguía, comprendiendo que en ese viaje, lo que estaba en juego no era mi destino, sino la naturaleza misma de lo que llamamos realidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario