A Nina le gustaba escribir y a mí me gustaba leer lo que ella escribía. Era la hija mayor de una familia fragmentada: tres hermanas, un hermano, y los progenitores que trabajaban para la Corporación de Registros Humanos. Habían sido reasignados a Sarajevo, una ciudad reconstruida bajo la cúpula de la MegaRed, donde cada movimiento, cada palabra, cada pensamiento quedaba registrado. Era judía sefardí, y se aferraba a su cultura con la obstinación de quien sabe que todo puede desaparecer en un parpadeo de datos. Cada tanto le reprochaba a su madre, Sefira, por olvidar España, por olvidar que la memoria no solo se hereda sino que se cultiva.
Me detenía en los textos teatrales que escribía en judeoespañol —un idioma que ahora coexistía con códigos binarios, etiquetas de realidad aumentada y fragmentos de serbocroata digitalizados— y la pantalla me absorbía. Allí, entre palabras obsoletas y signos que nadie entendía del todo, me reconocía. Alguna vez aparecía una palabra turca sin traducción, y no la entendía, pero la sentía propia. Todo estaba compenetrado, y eso era lo importante: la vida y la memoria coexistían, aun en un mundo donde cada fragmento humano podía ser borrado.
Desde que era niño, escuché mencionar su nombre en los archivos de la Corporación: Nina Papo Bohoreta. Mi padre, Octav, era archivista y narrador, y cada vez que lo pronunciaba, sus ojos brillaban como si convocara algo imposible de codificar: el djidjo. Octav no buscaba lo exótico: admiraba la presencia de una lengua que se mantenía viva, incluso cuando los sistemas intentaban homogeneizarlo todo. Lo hacía para que sus estudiantes digitales —algunos programados para analizar literatura, otros humanos— comprendieran que la lengua podía resistir, que el idioma era un acto de rebeldía y supervivencia.
Ella vivía en Sarajevo, un núcleo urbano encapsulado en la cúpula de vidrio y nanotela, protegida del clima extremo y de los migrantes programados para cruzar la ciudad. La ciudad era ahora más interior que nunca: un microcosmos vigilado, donde cada religión, cada cultura, cada lengua se registraba en tiempo real, como un centro del mundo artificial. Nina tenía la suerte de todo al alcance: la historia, la biblioteca, la memoria de los ancestros, y la libertad de escribir. No conocía la fatiga de los viajes físicos, pero viajaba por universos enteros dentro de sus textos.
Un día, en la simulación de Sarajevo que recorríamos desde las pantallas, apareció un error en la base de datos: una grieta en la narrativa oficial que permitía leer sus palabras tal como eran, sin traducción, sin censura. Allí, por unos segundos, lo digital y lo humano coexistieron sin intermediarios. Sentí que el tiempo se detenía: la ciudad interior se expandía, y dentro de sus palabras, Nina y yo éramos uno, conectados por la memoria, por el idioma, por la historia que se negaba a desaparecer.
En 2065, cuando todo se había vuelto protocolo, algoritmo y vigilancia, comprendí que la resistencia no era física ni política. Era lingüística, era poética. Y Nina Papo Bohoreta era la prueba de que incluso en la distopía, los universos interiores podían existir, completos y autónomos, guardando los secretos del mundo que una vez fue, y del futuro que todavía podía recordarse antes de nacer.
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