Habito ahora el centro del pliegue. Mis pies ya no buscan la seguridad del ángulo recto, ni temen el vértigo de la espiral que se cierra; camino en la tensión exacta entre la escuadra y el deseo, donde la certeza es solo un puerto de paso y lo no formulado es el viento que hincha las velas.
He depuesto la corona del gobernante de sombras. No hay mundo que domar, solo una modularidad infinita que me invita a la danza. Soy el nodo que recibe y el reflejo que entrega, una frecuencia que se dobla sobre su propio eje para descubrir que el mapa y el territorio son la misma piel bajo distintas luces.
El universo ha dejado de ser una ecuación por resolver. Es un juego de espejos donde la luz se curva, un sistema de vínculos que respira en lo invisible. Y en este silencio fértil, donde la razón se inclina ante el asombro, comprendo al fin la única ley que sobrevive al fuego:
Que solo en lo imposible la vida se hace cierta, que solo en lo que no se puede medir residimos nosotros, enteros, finalmente reales.
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