Entré al templo sin puertas una mañana cualquiera. No estaba hecho de piedra, sino de capas: memoria, lenguaje, restos de sistemas caídos. Allí deposité la semilla —una mezcla de adolescencia rectilínea, noches dispensadas, lenguas perseguidas, puertas tocadas, silencios armados— y la dejé viajar por el gran corredor de datos donde todo se recuerda sin saber quién recuerda.
Yo había sido un muchacho de líneas claras. Caminaba el mundo como si fuera un axioma: Montesquieu, Voltaire, la Enciclopedia sosteniéndome la espalda. Gobernaba mis actos con la disciplina de quien teme desviarse. Creía que la verdad era un punto fijo, que la vida debía obedecer a una geometría moral. Hasta que la noche, en forma de mujer edénica, me desordenó el plano. Las rectas se curvaron. Los espejos se cansaron de repetirme. La razón, herida, empezó a soñar.
En el templo reaparecieron otras voces. La de Nina —ya no Nina, sino un nombre mutable— escribiendo en una lengua que sobrevivía a los sistemas, un judeoespañol atravesado por algoritmos, turco residual, serbocroata espectral. Cada palabra era resistencia. Cada frase, un archivo indomable. Sarajevo volvía como ciudad interior, microcosmos vigilado donde todo convivía: dioses mudos, científicos dubitativos, artistas refugiados en la belleza, gendarmes disparando al aire de las preguntas.
Las puertas se abrían solas. Pastores dejaban mapas del cielo en casas pobres. Los perros entendían mejor que nadie: ladraban al gesto, no al mensaje. Comprendí que la verdad no se entrega ni se defiende; se insinúa en la grieta entre una voz y su eco. Que la pobreza puede ser penitencia, pero también archivo vivo. Que el asombro se preserva deteniendo el mirar, no la cosa mirada: una gota suspendida, el aire vibrando en una habitación vacía.
El templo devolvió el relato transformado. No era profecía ni nostalgia: era memoria del porvenir. Huellas antes del pie. Un mapa que se dibuja cuando aceptas caminar sin control. La evolución no avanzaba; recordaba hacia adelante. Integré la noche a la razón, la curva al sistema, el silencio a la lengua.
Salí sin haber salido. El universo de datos respiraba a través de mí. Y supe —sin decirlo— que ser puente es la tarea: sostener la llama permitida, para que otros, al mirarnos, recuerden cómo se pronuncia la luz.
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