Allí estaba sentado el licenciado don Remigio, detrás de ese escritorio que parecía un ataúd de madera carcomida, sepultado entre legajos que olían a humedad antigua y a pleitos de muertos. La luz de la tarde entraba por la ventana a tirones, cargada de ese polvo que aquí nunca se asienta, el mismo polvo que se nos mete en la boca y nos seca las palabras antes de decirlas.
Yo apenas era un muchacho entonces, escribiente de sus silencios, aprendiendo el oficio de torcer la ley hasta que se quebrara sin hacer ruido. Don Remigio carraspeó, un sonido seco, como arrastrar piedras sobre un comal. Señaló con un dedo huesudo, manchado de tinta china, un fajo de papeles amarrados con un pabilo mugriento que descansaba en la esquina más oscura de la mesa.
—Mírelo bien, muchacho —me dijo, con esa voz suya que parecía venir de adentro de un pozo—. Eso no es un expediente. Es una testificación y un aviso para navegantes.
Hizo una pausa larga, de esas que se usaban antes para dejar que el tiempo pesara.
—Me instruía yo mismo con eso en lo que terminé considerando una causa perdida. El menos apreciable de los asuntos saldados en este despacho, si es que algo aquí se salda de verdad.
Me acerqué sin ganas. Los nombres en la carátula estaban casi borrados por el manoseo y la incuria: Eladio Monje contra Martina Rentería. Sobre disolución del vínculo.
No eran gente de dinero. Eran de allá arriba, de la Cuesta de las Piedras, donde la tierra es tan flaca que nomás da espinos y rencores. Bajaron un día, hace ya muchos años. Vinieron juntos, pero sin mirarse, caminando uno detrás del otro como si los uniera una soga invisible y pesada.
Entraron aquí y el aire se puso espeso. No traían gritos, ni lágrimas. Esos son lujos de la gente de ciudad. Ellos traían un silencio macizo, un odio añejado en barril de roble que se les salía por los poros. Se sentaron en las sillas de tule, tiesos, como si estuvieran esperando su propio velorio.
—Ya no quedaba ningún recurso administrativo —siguió murmurando Don Remigio, sin mirarme, hablándole a las moscas que zumbaban en el calor—. En las desavenencias conyugales de esta clase, la caducidad estaba superada hacía décadas. Lo de ellos no era un pleito de faldas ni de dineros. Era que ya no soportaban respirar el mismo aire, pero la tierra no los dejaba irse cada uno por su lado. Estaban sembrados juntos.
Don Remigio me contó que intentó hablarles de la ley. De separaciones de cuerpos y bienes. Pero ellos lo miraban con ojos vacíos. Martina, con las manos resecas cruzadas sobre el regazo, le dijo con una voz que parecía un soplido de ceniza:
—No queremos papeles, licenciado. Queremos que nos quite esta maldición de estar vivos el uno para el otro.
Y Eladio Monje, con el sombrero apretado entre las rodillas, nomás asentía, mirando al suelo, como si buscara allá abajo el hoyo donde meterse.
El licenciado sabía que no había juez ni código que desenredara esa maraña. El odio de ellos era ya la única sangre que les corría. Si se separaban, se morían de inanición; si seguían juntos, se morían de asfixia.
—Cualquier acto de reconciliación era imposible —dijo Don Remigio, pasando la mano por el expediente como si acariciara un animal muerto—. Entonces, ¿por qué lo tomé? No fue por el dinero, que no tenían. Ni por orgullo de picapleitos, porque sabía que iba a perder. Se hace por la estima, muchacho. Más por la estima que por el orgullo. Una estima rara, torcida. La necesidad de hacer constar en papel sellado que hay cosas que Dios amarra y que el Diablo no se atreve a desatar.
Don Remigio se puso a redactar. Escribió fojas y fojas de palabras rimbombantes, invocó artículos derogados y jurisprudencias olvidadas. Hizo todo eso con dejación de las lesiones, ignorando los golpes que se habían dado en el alma durante cuarenta años. Lo hizo con un prurito impropio de su oficio, buscando no la justicia, sino una forma de moralidad pública, tratando de encerrar en ese legajo el veneno de los Monje para que no se esparciera por el pueblo. Para que no nos contagiara a todos de esa desesperanza.
Les entregó una sentencia que no sentenciaba nada. Un papel inútil que decía que estaban condenados a seguir siendo lo que eran hasta que la muerte tuviera a bien hacer su trabajo. Ellos lo recibieron, pagaron con dos gallinas flacas y se fueron, subiendo de nuevo la cuesta, uno detrás del otro, bajo el sol inclemente.
El licenciado suspiró y el polvo danzó en el rayo de luz.
—Ahí está el aviso para navegantes, muchacho. Apréndalo. Hay pleitos donde la ley no entra porque el alma está demasiado seca para recibirla.
—¿Y qué fue de ellos, don Remigio? —pregunté, mirando el pabilo mugriento.
Don Remigio cerró los ojos.
—Se murieron hace tiempo. Primero él, de un coraje atorado en el gaznate. A los tres días ella, nomás porque ya no tenía a quién odiar al despertar. Los enterraron juntos en el camposanto de arriba. Dicen los que pasan por ahí de noche que no se oyen lamentos. Nomás se oye un silencio muy hondo, como de dos piedras dándose la espalda debajo de la tierra, para siempre. Ese es el único recurso que les valió.
No hay comentarios:
Publicar un comentario