TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

domingo, 18 de enero de 2026

El Certificado de Persistencia

 


El edificio no tenía fachada. O, si la tenía, nadie parecía recordarla. Adrián Lleras llegó por primera vez un lunes —aunque esa precisión se volvería pronto irrelevante— con la convicción modesta de quien solo desea tramitar un documento.

El Certificado de Persistencia Administrativa.
No recordaba haberlo solicitado nunca, pero la notificación era clara: sin él, su situación quedaba provisionalmente indeterminada. Aquella expresión le produjo una inquietud elegante, casi filosófica, que decidió no explorar.

El vestíbulo se abría en pasillos paralelos, idénticos, numerados con una lógica que parecía variar según el ángulo desde el que se miraran. Un guardia —si podía llamarse así a aquella figura inmóvil— le indicó la Ventanilla 12-B sin levantar la vista.

En la ventanilla lo atendió una mujer de rostro neutro, como si hubiese sido entrenada para no interferir en el mundo.

—Le falta el Formulario 7-C —dijo.

—No se menciona en la notificación.

—Las notificaciones no son documentos vinculantes.

Le entregó un papel grisáceo, sin encabezado, y señaló un pasillo lateral. Adrián quiso preguntar algo, pero la mujer ya estaba mirando a través de él, hacia un punto posterior de la cola infinita.

Al día siguiente regresó con el formulario cumplimentado. Esta vez lo atendió un hombre joven, excesivamente correcto.

—El sello está mal colocado.

—¿Mal colocado?

—Debe invadir parcialmente el margen izquierdo, sin tocar el texto, pero rozándolo. Es una norma reciente.

—¿Reciente de cuándo?

—De ayer.

El hombre estampó un sello rojo con gesto automático, pero al hacerlo torció apenas la muñeca.

—Ahora está bien —dijo—, pero la fecha es incompleta.

—Tiene día, mes y año.

—Falta la hora administrativa.

Adrián empezó a sospechar que el edificio no estaba diseñado para resolver trámites, sino para producirlos. Cada corrección abría una nueva carencia; cada avance revelaba una condición previa desconocida.

Los pasillos comenzaron a cambiar sutilmente. Algunos se estrechaban. Otros desembocaban en salas de espera donde nadie hablaba. Las personas aguardaban con carpetas idénticas, como si todos estuvieran tramitando el mismo documento bajo nombres distintos.

Conoció a Marta Ríos, que llevaba once meses intentando validar una firma que ya había sido validada tres veces.

—Si insistes demasiado —le susurró—, te derivan a Revisión. Y nadie vuelve de Revisión igual.

Un viernes, tras cuatro horas de espera, Adrián llegó por fin a la Ventanilla Final, o eso indicaba un cartel provisional sujeto con cinta transparente. El funcionario revisó cada hoja con atención minuciosa, como si buscara no errores, sino excusas.

—Todo parece en orden —dijo finalmente.

Adrián sintió un alivio físico, casi vergonzoso.

—Solo falta un detalle.

Lo dijo con amabilidad.

—Su certificado de persistencia requiere una acreditación previa de continuidad.

—¿Y eso dónde se solicita?

—Aquí mismo.

Le extendió un nuevo formulario. El número había cambiado. El papel era ligeramente más fino.

—Vuelva mañana.

Esa noche, Adrián soñó que caminaba por un pasillo que se doblaba sobre sí mismo. En las paredes había archivadores con su nombre, pero cada uno contenía versiones distintas de su vida: fechas alteradas, decisiones que no recordaba haber tomado, silencios añadidos.

Al despertar, notó algo inquietante: había empezado a olvidar por qué necesitaba el certificado. Solo sabía que debía obtenerlo.

Los días dejaron de tener nombres. El personal de las ventanillas tampoco. Eran intercambiables. A veces atendía la misma persona en dos lugares distintos, con gestos idénticos, como si el edificio los desplazara según su necesidad funcional.

Una mañana, al entregar su carpeta, el funcionario levantó la vista por primera vez.

—Su expediente está muy avanzado.

—¿Entonces…?

—Entonces debe tener cuidado.

—¿Cuidado de qué?

—De concluirlo.

Adrián no preguntó más.

Con el tiempo, aprendió a detectar los errores antes de que se los señalaran. Ajustaba sellos, completaba fechas improbables, anticipaba requisitos no escritos. El sistema parecía recompensar esa obediencia preventiva con una eficiencia cruel: los trámites avanzaban más rápido, pero también se multiplicaban.

Un día se dio cuenta de que ya no salía del edificio. Comía en la cafetería sin ventanas. Dormía en una sala de espera secundaria. Nadie se lo había ordenado; simplemente, no había razón para irse.

Finalmente, tras lo que pudo haber sido un año o una hora, llegó el momento.

—Su certificado está listo —dijo una voz sin rostro—. Solo necesita firmar aquí.

Adrián firmó.

—Enhorabuena —añadió la voz—. Ahora consta.

—¿Consta qué?

—Usted.

Le entregaron una hoja en blanco, con un sello perfecto en el centro.

—¿Y ahora?

—Ahora puede marcharse.

Adrián caminó hacia la salida. O creyó hacerlo. El pasillo era nuevo. Las puertas también.

En la primera ventanilla, una mujer de rostro neutro levantó la vista.

—Le falta el Certificado de Persistencia —dijo.

Adrián asintió sin sorpresa.

—Vuelva mañana.

Y obedeció.

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