En la penumbra de la estancia, Lucas descansaba sobre un viejo camastro, envuelto en una manta rota que apenas lo protegía de la humedad. A su lado, los restos de la lumbre agonizaban en un resplandor rojizo, y el hilo de humo de las brasas se filtraba perezosamente por la chimenea hacia el cielo nocturno. En ese silencio absoluto de la noche cerrada, el pueblo de Valdeazul comenzó a latir con una urgencia distinta. No era un ruido de pasos, sino un murmullo de voluntades lo que empezó a recorrer los empedrados.
Las sombras se desprendieron de los rincones. Mateo, Elena, Julián y decenas de figuras traslúcidas fluyeron por las calles hacia la plaza principal. Sus voces eran como el roce de hojas secas, un lenguaje de pensamientos que se entrelazaban en una sola pregunta. Se dirigían a la iglesia, el único lugar donde la memoria parecía conservar un rastro de autoridad. Allí los esperaba el padre Rentería, una silueta encorvada que habitaba entre el aroma a cera vieja y las figuras de los santos que, a pesar del tiempo, mantenían sus ojos de vidrio fijos en el vacío.
—Padre —murmuró Elena, cuya esencia vibraba con el miedo de quien se sabe cristalina—, ha llegado un hombre que pesa, un hombre que enciende fuego y respira. Díganos, ¿qué somos nosotros? ¿Hemos muerto de verdad o el tiempo se olvidó de llevarnos?
El sacerdote levantó una mano temblorosa. Recordaban la gran tormenta de hacía muchos años, aquella que pareció desgarrar el horizonte y tras la cual no volvió a nacer un solo niño. Desde esa mañana, el pueblo se había quedado suspendido en una calma extraña, una dimensión donde la luz no quemaba y el hambre era solo una idea. El padre Rentería los miró con una compasión antigua y les indicó que, para obtener una señal, debían llamar a la congregación de la forma tradicional.
Todos se acercaron a la torre del campanario. Mateo agarró la cuerda, pero sus manos no encontraron resistencia. Entonces, los demás se unieron, superponiendo sus voluntades sobre la soga desgastada, tirando todos a la vez con un esfuerzo que desafiaba su falta de materia. Tras un largo silencio, la campana se movió apenas unos milímetros y soltó un tañido breve, un sonido que no fue un repique, sino un quejido seco que rasgó la soledad del valle.
En su camastro, Lucas abrió los ojos de golpe. El crujido del metal en la distancia lo sobresaltó, pero tras unos segundos de quietud, se convenció de que no era más que el viento golpeando una ventana mal cerrada. Se acomodó en la manta y volvió a hundirse en el sueño, ignorando que a pocos metros, el pueblo entero contenía el aliento.
Dentro de la iglesia, el padre Rentería habló por fin con una voz que pretendía ser firme. Les aseguró que estaban tan vivos como él, que simplemente el mundo exterior se había vuelto lejano y extraño. Les ordenó que regresaran a sus tumbas para dormir lo que quedaba de noche, prometiéndoles que al amanecer todo volvería a la normalidad de sus días cotidianos. Confiados en la palabra que les daba sentido, los habitantes se retiraron en procesión, deslizándose hacia el camposanto para descansar bajo el peso protector de sus losas.
Al despuntar el alba, el sol iluminó un pueblo de ruinas perfectas. Lucas se levantó, recogió sus pertenencias y, tras apagar las últimas cenizas, se alejó por los caminos que se perdían entre la maleza. No miró atrás. Mientras sus pasos se alejaban, las tumbas permanecían cerradas en un silencio profundo y Valdeazul se sumergía de nuevo en su sueño eterno. Se habían quedado otra vez solos, protegidos por la mentira piadosa del padre Rentería, esperando un nuevo día que, como todos los anteriores, sería exactamente igual al último.
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