TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

viernes, 9 de enero de 2026

La Vigilia del Velo

 


La luz aún no reclama su lugar, pero una marea roja, espesa como una sangre antigua, ha borrado las fronteras del mapa. Tierra, árbol y cielo se funden en una sola sustancia: un cuerpo único que respira detrás de los cristales, allí donde el mundo tiembla como una imagen mal fijada.

¿Quién habita esta disolución? Solo el chasquido del agua, ese pulso monótono que cae del tejado para golpear la dureza de la piedra. Pero la piedra ya no es piedra: al contacto con la humedad, se vuelve un espejo velado, una superficie donde la tiniebla se mira a sí misma y descubre su propio rostro sin facciones.

No hay canto de ave ni ladrido que rompa el aire; el silencio es una mortaja viva, densa y sin refugio, como aquel vapor que cercaba los muros de Usher antes de que el peso de lo invisible los reclamara. Es una quietud que pesa, una humedad que busca filtrarse en los cimientos de nuestra propia casa.

El tiempo se ha emboscado en este pliegue, en este crepúsculo que precede al alba donde nada se mueve y todo está en suspenso. Es la hora del insomne, el guardián de la sombra, que se asoma al borde de lo que parece ajeno y pregunta con una voz que también es niebla.

Pero no hay respuesta en el horizonte. El amanecer no es una voz, sino una herida; una claridad que no responde a nuestras dudas, sino que simplemente las ilumina, dejándonos a solas con la belleza de lo incierto, en este jardín de espejos rotos donde la verdad es el silencio que persiste.

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