TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

viernes, 9 de enero de 2026

La Geometría de la Espera

 


Habitaba una arquitectura de bordes afilados. En aquel entonces, mi mente era una cartografía de certezas; cada paso que daba por los pasillos de la casa familiar era una sentencia de orden. Me sentaba a la mesa con la columna vertebral alineada a las leyes de la lógica, creyendo que el mundo era una máquina perfectamente aceitada que solo esperaba ser descrita.

Llevaba a Montesquieu en el bolsillo como quien lleva un amuleto contra el caos. Para mí, la libertad no era un vuelo, sino una estructura de pesos y contrapesos. Leía la Enciclopedia con el fervor de quien cuenta monedas: cada dato era un bloque sólido, una piedra que yo colocaba en el muro de mi identidad para protegerme de lo que no tenía nombre.

El Estremecimiento del Bloque

Sin embargo, el tiempo no es un pergamino exacto, sino un organismo que respira. Una tarde, mientras el sol declinaba con una luz color cobre sobre las páginas de Voltaire, sucedió lo impensable. La palabra "razón" pareció vibrar sobre el papel. No fue un cambio en el texto, sino una decoloración en mi propia mirada.

Sentí que los bloques sólidos de mi mundo comenzaban a perder su densidad. La precisión militar de mis pasos se encontró, de repente, frente a un umbral que no figuraba en mis mapas. Las verdades que me sostenían se revelaron como lo que realmente eran: anclas en un mar que exigía ser navegado.

El Invitado Sin Nombre

Fue entonces cuando la noche comenzó a ser dispensada sobre mi estructura. No era la oscuridad física, sino esa sombra fértil que precede a todo acto de creación verdadera.

Miré mis manos, acostumbradas a sostener volúmenes de leyes y fórmulas, y las vi vacías. Por primera vez, el vacío no fue una amenaza, sino una invitación. La "promesa muda de lo imposible" dejó de ser un susurro lejano para convertirse en el pulso de la habitación.

Comprendí que la línea recta es solo una ilusión de quien teme el abismo. En el centro de mi pecho, donde antes residía un esquema, ahora latía una indeterminación luminosa. El adolescente caviloso se puso de pie, pero ya no caminó en línea recta. Salió al encuentro de la noche, no para conquistarla con luces artificiales, sino para aprender el lenguaje del silencio.

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