Lombardini se detuvo en seco y su sombra, proyectada por una luna que parecía un disco de plata oxidada, se alargó de forma antinatural sobre el basalto. Se volvió hacia mí con un gesto de impaciencia casi teológica.
—Te dije que me esperaras dentro —me espetó, irritado al verme merodear por los escaparates de las casas abandonadas.
Habíamos llegado a un sector del pueblo que la memoria de los vivos ya no frecuentaba. Ante nosotros se alzaba una vieja tintorería, cuyas puertas estaban selladas por una densa arquitectura de telarañas que parecían haber sido tejidas por una araña infinita y paciente. Lombardini, muy agitado y sin detenerse, caminaba entre las ruinas como si siguiera un mapa invisible grabado en el aire.
—Tengo que recoger un paquete —anunció, sin mirarme—. Y tú podrías hacerte con un abrigo si no quieres quedarte pajarito. Lo que los clientes no reclaman, se vende aquí de segunda mano. Este que llevo fue una ganga, no seas pardillo.
Sus palabras tenían el filo de una advertencia. Mientras buscaba entre las perchas de prendas olvidadas, que pendían como pieles mudadas de hombres que ya no eran, me soltó uno de sus dogmas cínicos:
—Y por cierto, jamás des las gracias a quien dejaste a gusto una vez demostrada la solvencia y el agrado. No seas ceremonioso; la cortesía es el disfraz de la duda.
Salimos de nuevo a lo que debieron ser calles, pero la geometría urbana se había disuelto. No había trazado lógico; los tejados caídos formaban un horizonte de aristas quebradas. El camino para descender era un círculo de nudos, una espiral que no avanzaba hacia el horizonte, sino que se hundía hacia un centro de negrura absoluta, un agujero negro que devoraba la noción del tiempo. Aquello no era un descenso físico, sino una caída hacia el infierno de lo informe.
El campanario, que antaño regía la vida de Tinajo, ya no existía; en su lugar quedaba un vacío que hería el cielo. Las cruces del cementerio, arrancadas de su sitio por una marea invisible, andaban dispersas por todas las callejuelas, como si un mar metafísico las hubiese esparcido como restos de un naufragio tras una tormenta de eones.
Solo la luna, con su luz fría y ajena, iluminaba nuestra travesía por aquel laberinto de ceniza. El aire se volvió denso, una sustancia casi sólida e irrespirable que nos obligaba a tragar la oscuridad. Lombardini seguía adelante, con los ramos de flores ahora convertidos en varas de carbón, guiándome hacia el corazón de ese nudo donde lo sagrado y lo profano se funden en una sola sustancia: el olvido.
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