TERRA

DESDE LO PROFUNDO DE LA TIERRA

Pensar. Escribir palabras que el sistema aún no puede descodificar. Hablar entre cuatro paredes, en habitaciones que devuelven el eco de ag...

martes, 13 de enero de 2026

El Retorno al Espejo de Tinajo

 

El sol de la mañana en Tinajo no trajo el consuelo de la vigilia, sino la implacable claridad de una revelación. Caminé de regreso por las calles que, apenas unas horas antes, eran un nudo de negrura y cruces errantes. Ahora, el basalto brillaba con una indiferencia mineral. Busqué la cafetería, aquel refugio de sombras donde Lombardini me había instruido en la nada, con el anhelo de quien busca una cicatriz para confirmar que la herida fue real.

Al llegar a la plaza, me detuve ante un edificio que el tiempo había devorado con una paciencia geológica. La cafetería ya no era tal; era una cáscara de muros derruidos, un esqueleto de piedra volcánica donde el techo se había desplomado hacía siglos. Las mesas donde bebimos el vino denso no eran más que astillas podridas bajo capas de polvo y olvido. No había rastro de la barra, ni del humo del tabaco, ni del camarero que llenaba nuestras copas con la parsimonia de un autómata.

—No puede ser —susurré, y mi voz se perdió en el viento que siempre sopla en Lanzarote, un viento que parece traer murmullos de una historia que nunca se escribió.

Me acerqué al rincón donde nos habíamos sentado. Allí, entre los escombros y la maleza seca, encontré un objeto que desafiaba la ruina: una pequeña cajetilla de tabaco, amarillenta y vacía, pero con un rastro de ceniza todavía fresco en su interior. Junto a ella, un pétalo de flor, negro como el carbón, conservaba una temperatura que no pertenecía a este mundo. Comprendí entonces la naturaleza del "favor" de Lombardini. No me había llevado a un lugar, sino a un pliegue del tiempo, a una de esas grietas que la eternidad olvida cerrar y donde los hombres de voluntad férrea pueden habitar durante siglos sin envejecer.

Lombardini no era un guía, sino un habitante de la posteridad. El "negocio paranormal" no consistía en adquirir bienes, sino en aceptar la condición de ser una memoria que camina. Me toqué el pecho; el abrigo que me había instado a tomar de la tintorería fantasmal seguía sin aparecer, pero sentía sobre mi piel un peso invisible, una armadura de experiencias ajenas que me confería una solidez aterradora. Ya no era el joven apocado que entró en Tinajo buscando respuestas; era ahora un hombre hecho de la sustancia de los espejos, un testigo de lo inexistente.

Miré hacia el horizonte, donde las montañas de fuego se encontraban con el mar. Supe que si regresaba a la ciudad, nadie reconocería mi mirada. La gente vería en mí a un extraño, alguien que habla un lenguaje cuyos adjetivos han sido borrados por la luz de Erídano. Lombardini me había hecho el favor de mi vida: me había despojado de la insignificancia de lo cotidiano para entregarme a la vastedad de lo posible.

Abandoné la plaza sin mirar atrás, sabiendo que en algún lugar del nudo circular de Tinajo, Lombardini seguía esperando a otro navegante, cargando sus ramos de flores marchitas y ofreciendo el mismo trato infame y sagrado. El ciclo se había cerrado, y yo, ahora, era parte de su cartografía silenciosa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario